sábado, 8 de agosto de 2015

EL ROMANTICISMO



    España fue incorporándose lentamente al romanticismo. Las nuevas ideas le llegaron por diversos caminos: los viajeros románticos, los exiliados fernandistas, libros y noticias que se filtraban sobre lo que pasaba fuera. Y las traducciones al castellano de obras románticas importantes que realizó la generación anterior. Se tradujeron las obras importantes de Rousseau, Chateaubriand, Voltaire, Hugo, Dumas, Sand o Sue entre otros franceses; Young, Richardson, Ossian, Byron, Scott, etc. entre los ingleses; y entre los alemanes, Böhl sde Faber difundió las ideas románticas de Schlegel sobre el teatro. Se tradujo a Goethe (Werther, Fausto), a Schiller, Hoffmann; Manzoni entre los italianos; Cooper e Irving entre los norteamericanos, etc.
La imagen de España
    Los extranjeros tendieron siempre a considerar a España como un país típicamente romántico, bien por la pervivencia del espíritu caballeresco, del apego a la tradición, por el sentimiento patriótico, por la actitud apasionada y aventurera ante la vida simbolizada por don Quijote o Don Juan, o bien por un Siglo de Oro dedicado a la acción desbocada, el desprecio a las reglas clasicista, el espíritu religioso y erótico, y las mujeres hermosas y sensuales.
    Por todo ello hicieron los extranjeros de España una fuente de inspiración, un modelo imitable de romances populares, de héroes como el Cid, de dramaturgos como Calderón, que situó la idea cristiana en el centro de su obra. Aunque, en el otro extremo, también se vio esta época pasada española de la Inquisición como un modelo de fanatismo condenable.
    Los extranjeros encontraron también en España un presente heroico antinapoleónico, la pervivencia en ruinas del arte románico y gótico, y un pueblo primitivo: generoso, fanático y rebelde, con sus curas y guerrilleros, sus bandidos y sus guapas, seres sobrevivientes de un mundo ya desaparecido en los países avanzados. España era para ellos un museo real y viviente, con notas exóticas árabes.
    Multitud de escritores románticos europeos viajaron a España y escribieron sobre sus tierras, hombres, literatura, tradiciones. Y Londres o París acogieron a gran número de refugiados españoles que huían del absolutismo fernandino, lo que favoreció sin duda su formación romántica y posteriormente la difusión de las ideas románticas en España.

La generación romántica
    Los años gloriosos del romanticismo español van de 1834 a 1844. Con la muerte de Fernando VII acaba el absolutismo y madura un depósito de ideas que han ido introduciéndose en España desde 1800 por lo menos. En una década el romanticismo transforma el panorama cultural, social y político español. Se inicia con una obra de teatro, La conjuración de Venecia de Martínez de la Rosa, y acaba con Don Juan Tenorio de Zorrilla. Entre estas dos fechas escriben Larra, Espronceda, Zorrilla, etc.
    E. Allison Peers admite la existencia de una generación romántica, pero niega que hayan tenido conciencia de grupo con una intenciones, unos objetivos determinados y una estrategia para lograrlos. Por eso lo ve como un movimiento con escasa vitalidad.
    R. Navas sitúa el fin del neoclasicismo hacia 1830; el romanticismo entre 1830-50; el postromanticismo entre 1850-75; y el realismo entre 1875-98.
    La generación romántica incluye el grupo de los "viejos", nacidos antes de 1800 (Martínez de la Rosa, Duque de Rivas, Fernán Caballero, Bretón de los Herreros, etc.); y el de los "jóvenes", nacidos entre 1800-1810: Larra, Espronceda, Gil y Carrasco, Arolas, Ventura de la Vega, etc.
    Los primeros son los hombres de las Cortes de Cádiz, responsables de la Constitución de 1812. Comenzaron su carrera como neoclásicos y se hicieron románticos en la emigración. Introducen el romanticismo en España.
    Los segundos todavía reciben la educación neoclásica del buen gusto y la moderación, pero son liberales entusiastas y llevan al romanticismo el entusiasmo juvenil y el ardor. Los mejores murieron temprano, como Larra y Espronceda.
    También puede hablarse de un tercer grupo, los nacidos entre 1810-20. Se educan en pleno fervor romántico y admiran a Larra y Espronceda.Son favorables a un orden estable, buscan un romanticismo menos agresivo, más histórico y tradicional, más conservador. Han vivido las guerras carlistas y las luchas entre moderados y progresistas. Adolecen de un cierto desencanto por las ideas radicales. Son los Zorrilla, Campoamor, etc.
    Aunque les separarn treinta años a unos de otros, aunque cada uno hizo una literatura con matices propios, aunque no hubo un líder claro (casi lo fue Espronceda), es evidente que llevaron a cabo una transformación importante en la sociedad y en la literatura.

Romanticismo, Siglo de Oro e Ilustración
    Peers entre otros trató de probar que el Siglo de Oro español ya fue romántico, y que en España es rastreable un cierto romanticismo a través de todo el XVIII. Pero pese al respeto y admiración por el pasado nacional y la dramaturgia anticlásica de Lope y Calderón, los románticos comprendieron que la tradición se había quedado anticuada al no haber sido adaptada a lo largo del XVIII a las ideas modernas. No la rechazaron en bloque, sino que la depuraron y aceptaron lo aprovechable, pero relegaron al Siglo de Oro a su verdadero lugar, la historia definitivamente pasada.
    En cuanto a la tradición ilustrada, cuando Alemania e Inglaterra ya eran románticas, España estaba bastante lejos de serlo, y el programa de modernización del país emprendido por los ilustrados seguía siendo atractivo. Los románticos españoles sintieron simpatía por el programa ilustrado, en el que se educaron: amor a la cultura y al progreso, afán de mejoras, el sentido social, el odio a la superstición y el fanatismo religioso y el impulso hacia la europeización.
    En literatura heredaron de los ilustrados elementos prerrománticos como el sentimentalismo de la comedia lacrimosa (Jovellanos), la comedia de costumbres burguesas (Moratín), el orientalismo de los romances heroicos y de las Poesías Asiáticas del Conde de Noroña, la meditación filosófica y social, el amor a la naturaleza (Meléndez Valdés), el pesimismo (Cienfuegos) y el patriotismo liberal de Quintana.
    De la Ilustración rechazaron el afrancesamiento y el despotismo del rey absoluto, y las reglas clasicistas para el arte, pero la Ilustración fue el subsuelo sobre el que creció el romanticismo.

Romanticismo y liberalismo
 
    Se ha dicho que existe un romanticismo conservador que enfatizó las bellezas del cristianismo, el esplendor del pasado, la importancia de la historia, la utilidad de la monarquía. Pero aunque no en todos los casos, en general este tipo de romanticismo también era liberal. Porque el liberalismo acogió en su seno dos tendencias: la conservadora y la progresista. El pasado fue utilizado por la primera para evitar que la revolución se desbordara, pero nunca negó el principio de libertad. El reaccionarismo estaba en fernando VII y el carlismo, y los románticos, en general, no fueron ni lo uno ni lo otro.
    Por tanto, el romanticismo español nunca fue reaccionario, si acaso conservador en una de sus vertientes, pero dentro del liberalismo. Porque ser romántico y liberal era estar a la altura de los tiempos, como había dicho Víctor Hugo: el romanticismo es el liberalismo en literatura".
    La misión de la generación romántica fue modernizar España: democratizarla, europeizarla, abrirla a la libertad en un momento de decadencia, cuando el Imperio se hundía, y contra una fuerte reacción. Por eso nuestro romanticismo es a veces atrevido, revolucionario (Larra, Espronceda), y otras veces moderado (Zorrilla).



CARACTERÍSTICAS DEL ROMANTICISMO 

Rechazo del Neoclasicismo que se inspiraba en temas de la Antigüedad Clásica. La literatura romántica recupera la Edad Media y el Renacimiento en sus temáticas y las referencias a nombres y espacios reales. En el estilo literario este abandono del Neoclasicismo se traduce en una mezcla del verso y la prosa o la alternancia de lo cómico y lo dramático en el teatro.
Nuevo lenguaje: Aparece un nuevo estilo más enfático y expresivo con el uso de las formas, exceso verbal e ironías. Aparece un vocabulario romántico con el uso de expresiones como “sonrisa infernal”, “gasas transparentes”, ” profundos fosos”, “maldición”…
Temas románticos: subjetivismo, amor y sentimientos, ansia de felicidad y posesión de lo infinito, naturaleza e historia, la religión, conflictos sociales, rechazo de la vida y culto a la muerte (tumbas, cementerios, almas, espíritus…)
Pesimismo y atracción por lo nocturno y misterioso.
El “yo” antes de todo: Como decíamos anteriormente en este tipo de estilo literario lo que va a prevalecer en el mundo es ese fanatismo desenfrenado por la superación delmundo a través del yo, en donde el hombre se va a aislar de forma consciente para poder pensar y dejar aflorar todos sus sentimientos de manera natrual en la soledad. Allí naceran el sufrimiento, el dolor y la propia pasión que el autor va a reflejar en todos sus textos y obras. Es por eso que la razón queda desplazada por todos los sentimientos generales.
Esto lleva sin duda a otra característica propia de este movimiento como lo es el Irracionalismo. El ser no racional hace que se deje lugar también a las fantasías y a que la imaginación sea mucho más grande de lo que era antes, por eso nacen obras en donde la fantasía forma parte haciendo mucho hincapié en un género nuevo como por ejemplo lo fue el terror.
AUTORES IMPORTANTES 



MARIANO JOSE DE LARRA: Aunque Larra no se identificó plenamente nunca con el romanticismo, los artículos periodísticos que escribió en el último año de su vida constituyeron una contribución definitiva al desarrollo del discurso romántico epañol. 
    La creación del personaje Figaro, alter ego de Larra, supuso la elección de una máscara cómica (el barbero de Beaumarchais) tras de la cual se ocultaba una conciencia atormentada ("Me río por no llorar"), lo que daba una nueva dimensión al personaje, que ya no será sólo un satírico mordaz que busca el distanciamiento mediante la risa, sino que se convierte en una figura romántica de la alienación: el payaso que llora.
    En el último año de su vida el distanciamiento crítico que Larra persiguió siempre se le transformó en alienación, la separación irónica en mal du siècle, y la máscara satírica en expresión del Yo. La crisis de Larra, filosófica, política y personal fue similar a la experiencia de desilusión que dio lugar en Francia al mal du siècle. La subida al poder de Mendizábal provocó un sentimiento de euforia entre los liberales, que pronto acabó en frustración y cinismo en 1836.
    Larra veía cómo la contradicción entre las ideas liberales y la realidad se producía también en España. La realidad traicionaba las aspiraciones. A mediados de 1836 el compromiso de Larra con la reforma liberal se había convertido en una enfermedad romántica: alienación de las realidades presentes del liberalismo en la práctica y duda radical acerca del futuro.
    El Yo de este último Larra encaja en el paradigma del solitario o el enfermo de mal du siècle. Lejos del distanciamiento crítico, manifiesta en su obra la idea romántica de que sólo la subjetividad es verdad.
    Larra, en sus últimos artículos ("El día de difuntos", "La nochebuena de 1836") adopta la forma del Yo romántico alienado de los demás y de sí mismo por una excesiva conciencia de sí. El sujeto hablante de estos artículos se presenta como una intensa conciencia separada del mundo que le rodea:

    "Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos. ¡Santo cielo! ¡También otro cementerio!Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza!"
    "Tenme lástima, literato. Yo estoy ebrio de vino, es verdad; pero tú lo estás de deseos y de impotencia!"
    El sujeto se ha convertido en centro del ser, el creador de sus propios objetos de deseo. Pero la conciencia revela la insuficiencia del sujeto solipsista, siempre frustrado en su deseo de conocer su objeto en el no-Yo, en el ámbito de lo otro. Para el Larra más romántico, la verdad de la subjetividad era la conjunción agonizante del deseo y la impotencia. Sólo quedaban las palabras para conformar la imagen del deseo.
    Aunque Larra carecía de la confianza de los románticos ingleses en que el hombre podía introducir la existencia misma en su mente y reescribirla de acuerdo con las imágenes del deseo, la obra de este último período muestra un impulso inevitable a reflejar el Yo, a darle una existencia cognoscible en la literatura. Fígaro deja de ser un medio mediante el cual el autor distancia el texto de su propia subjetividad y se convierte en el medio verbal en el que se fija y se define esta subjetividad.
    El propio suicidio de Larra se convirtió en un texto, que, junto con sus últimos artículos, estableció en la cultura española la imagen prototípica del Yo romántico alienado como poète maudit, un alma demasiado angustiada por su sensibilidad y su extraordinaria lucidez como para sobrevivir en el mundo hostil y monótono de la existencia social, en sus aspectos públicos (políticos) y privados (fracaso amoroso).






JOSE DE ESPRONCEDA:   Como el poeta más poderoso de su generación, Espronceda creó el modelo paradigmático del Yo lírico romántico de la poesía española. El elemento prometeico es mucho más pronunciado en su construcción de un Yo poético que en Larra o en Rivas. 
    En la "Canción del pirata" Espronceda inicia la revolución romántica al encarnar en su personaje algo más que su Yo individualizado: se trata de la representación de una nueva concepción de la subjetividad en la que se basa el romanticismo: autonomía y libertad, impulso imperioso del deseo. Esta voluntad egocéntrica conduce a la dialéctica del deseo prometeico en poemas posteriores. En éste encarna la idealización de un Yo romántico liberal.
    Hacia 1838, con "A una estrella" y "A Jarifa en una orgía" su modelo de subjetividad se hizo más complejo que el puro amor abstracto a la libertad y el ciego impulso a seguir el deseo que habían caracterizado al pirata. En estos dos poemas aparece una subjetividad romántica que manifiesta la oposición de la realidad material a las fuerzas creativas del Yo íntimo.
    El proceso es el siguiente: el deseo genera ilusión cuando se proyecta hacia el mundo externo y activa una dialéctica entre el Yo y el mundo. El hecho de que el mundo no corresponda al deseo desencadena el estado de ánimo de frustración y amargura. El mundo externo con el que se topa el sujeto en busca de los valores deseados se percibe como negativo:

    "Palpé la realidad y odié la vida.
    Sólo en la paz de los sepulcros creo."

    La realidad no puede corresponder al deseo y la ilusión da paso al desencanto. Para Espronceda, el hombre en general se caracteriza por una aspiración insaciable hacia algo que no tiene correspondencia en lo que existe; esta discrepancia hace que caiga en la desesperación y se rebele.
    El prometeísmo romántico de esta imagen del deseo humano subvierte la visión negativa cristiana de Satán: las aspiración humana a hacer estallar los límites de un orden impuesto externamente la trata Espronceda como aspecto admirable, incluso angelical, del hombre. El infierno asociado con Satán no es un castigo para el pecado de extralimitarse, sino una consecuencia de la incapacidad del deseo de influir en la realidad. Para el Lucifer de Espronceda lo que hunde al espíritu humano en los abismos del infierno es el amargo reconocimiento de la separación que existe entre el sujeto (imaginación y deseo) y el objeto (realidad material).
    Espronceda, Rivas y Larra coinciden en este punto: estos escritores, al elaborar un discurso de la subjetividad, representan una y otra vez no el triunfo del Yo burgués, sino su derrota.







ROSALIA DE CASTRO: Nació en Santiago de Compostela, en 1837. Escribió tanto en gallego como en castellano. Aunque fue una asidua cultivadora de la prosa, donde sobresalió fue en el campo de la poesía, género en el que produjo sus obras maestras. Considerada como una figura literaria indispensable del siglo XIX, tanto por su aportación literaria en general, como por el hecho de que sus “Cantares Gallegos” son la primera gran obra de la literatura gallega contemporánea. Además, está considerada, junto a Gustavo Adolfo Bécquer, como la precursora de la poesía española moderna. Su sensibilidad proyectó un conjunto de magníficas visiones del paisaje gallego en las que predomina una atmósfera gris de tristeza indefinible, donde la realidad humana se expresa en una naturaleza animada. Murió en Padrón, en 1885.







GUSTAVO ADOLFO BECQUER: Gustavo Adolfo Domínguez Bastida nació en Sevilla, en 1836. Hijo y hermano de pintores, quedó huérfano a los diez años. Vivió su infancia y adolescencia en Sevilla, donde estudió humanidades y pintura. En 1854 se trasladó a Madrid. Se dedicó al periodismo y adaptó obras de teatro, principalmente del francés, en colaboración con Luis García Luna, adoptando el seudónimo colectivo de “Adolfo García”. Durante una estancia en Sevilla (1858), publicó su primera leyenda, “El caudillo de las manos rojas”, y conoció a Julia Espín, quizá la musa de algunas de sus “Rimas”. A éstas debe su inmensa fama literaria, ya que iniciaron la corriente de poesía intimista inspirada en Heine, opuesta a la retórica ampulosa de los poetas románticos anteriores. Murió en Madrid, en 1870.


TEATRO ROMÁNTICO 


CARACTERÍSTICAS:

Se rompe la regla de las tres unidades ( acción, tiempo,y espacio ). 
temas: amor apasionado, amor imposible, destino adverso, deseo frustrado de un mundo mejor.
personajes solitarios, marginados, misteriosos destinados a la decepción fracaso y a la muerte.
Escenarios lúgubres.
Se mezclan la prosa y el verso. Se combinan distintos tipos de versos y estrofas.
Lenguaje muy retorico.
Tendencia a la exageración y al efectismo.



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